La Cenicienta volvió a los harapos

“Y de veras el deporte en México, y pese a las nueve medallas con que 1968, en sus anales, pasó a la historia, tipifica a la romántica Cenicienta de Perrault y de nada valen conocimientos, trabajos y renuncias para aliviarle a la pobrecilla las consecuencias del desamor de sus egoístas hermanas”, escribió Antonio Haro Oliva como presidente de la Confederación Deportiva al presentar un diagnóstico del “Pasado, presente y futuro de la Promoción Deportiva en México” al recién electo presidente de la República, Luis Echeverría Álvarez, en 1970.

La Cenicienta todavía llegó radiante a los Juegos Centroamericanos de Panamá, en 1970. El equipo mexicano fue el más fuerte rival de Cuba. México ganó en total 124 preseas, 38 de oro, incluidas ocho de la medallista olímpica, Maritere Ramírez, quien además ligó una de plata y dos de bronce para ser designada la reina de los Juegos. Triunfan también Felipe Muñoz, con cinco preseas; las hermanas Berta y Norma Baraldi en los clavados, lo mismo que José de Jesús Robinson. Radamés Treviño fue el único que pudo arrebatar un triunfo a los colombianos en ciclismo, en el kilómetro contra reloj. Ganaron también los medallistas olímpicos, Agustín Zaragoza y Antonio Roldán en el boxeo. Arturo “Mano Santa” Guerrero se convirtió en el máximo anotador del baloncesto. Por tercera y última vez el equipo mexicano de vóleibol femenil obtuvo la medalla de oro. La seleccionada olímpica, Mercedes Román, quedó tercero en heptatlón y se combinó con Enriqueta Basilio, Lucía Quiroz y Silvia Tapia para lograr el bronce en el relevo 4×100 metros, por segunda vez en la historia del deporte mexicano desde 1950.

El general Omar Torrijos, histórico jefe de la Junta de Gobierno de Panamá, anunció a la mejor atleta de los Juegos: la mexicana Maritere Ramírez, cuyo nombre se quedó para siempre en la nación canalera, pues una calle llevará su nombre en honor a sus resultados.

Justo entonces se rompió el encanto y Cenicienta volvió a los harapos. La propia Queta Basilio lo describió en una entrevista 30 años más tarde.

“Para México 68 existió un gran apoyo para los deportistas, grandes entrenadores extranjeros, excelentes cuidados, fogueo internacional. Siempre decíamos que nuestra generación era para Múnich 72 con una preparación más intensa. Teníamos entre 18 y 20 años. Hubiéramos llegado muy bien”.

“Pero se acabó el compromiso y se acabó todo. Corrieron a los entrenadores, nos quedamos solos. No hubo motor que nos motivara a salir adelante.”

En esas condiciones, la malévola madrastra llamada presupuesto, no encerró a Cenicienta. Más bien la lanzó a la calle, acusándola de rebelde, como en el caso de Queta Basilio.

“Nos corren injustificadamente, que ya no dábamos los tiempos, pero nunca avisaron a nuestros padres y ellos con mucha razón se enojaron, porque a muchos de nuestros compañeros no se les dio ningún apoyo para regresar a sus casas. Andaban perdidos en la Ciudad, se metieron en conflictos y robos por necesidad, otro se fue de guerrillero, a otro le dieron como cárcel Tijuana, era muy jovencito, un excelente atleta. Ya se había cumplido el compromiso y ya no les importaba nada”.

México 68, ser o no ser

Roberto Casellas describe, en sus Confidencias de una Olimpiada, el predicamento del presidente entrante Gustavo Díaz Ordaz. Por una parte, tendría que gravar el presupuesto nacional para cumplir obligaciones de un compromiso en el que no había tenido voto. De salir todo bien, el mérito sería para quien obtuvo la sede. En caso contrario la condena sería para su gobierno.

En una entrevista para Palco Deportivo en Canal 40, en 1996, el coronel Antonio Haro Oliva aseguró que el mandatario citó a miembros de su gabinete para saber qué sucedería si México renunciaba a organizar la justa olímpica. La respuesta fue simple pero abrumadora.

-Nada, no sucedería nada. No hay sanción económica ni deportiva, aunque el prestigio internacional de México si podría verse afectado.

En esas condiciones, el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez habría propuesto realizar no sólo unos juegos deportivos, sino actividades culturales como ocurría en la antigua Grecia: una Olimpiada Cultural, cuya paternidad nadie podría discutirle al sucesor de López Mateos.

 “La idea era buena y prendió; desde ese momento Díaz Ordaz no sólo proveyó lo necesario para la realización del forzoso legado, sino que puso su empeño y entusiasmo por el éxito de las dos olimpiadas y contagió a los que lo rodeaban”, aseveró el que fuera canciller del comité organizador de los Juegos de México.

Con ese pretexto se solicitó a los Comités Olímpicos participantes el envío de dos obras de arte. Una debía representar su historia y otra lo mejor de su arte contemporáneo. Se les convocó a un festival de folklore, un concurso de cortos cinematográfico y un encuentro internacional de poetas, por citar algunos de los 20 concursos culturales.

Al fin, en junio de 1965 -20 meses después de haber obtenido la sede- Díaz Ordaz designó al ex presidente López Mateos, presidente del Comité Organizador de los Juegos, considerado por la prensa deportiva como el mejor hombre para el cargo. Tal vez no era el caso en lo político, de acuerdo a Miguel Alemán Velasco, uno de los amigos del ex presidente hasta su muerte.

“Creo que fue muy fuerte la reacción de Díaz Ordaz, lo quiso alejar, por eso lo nombró director del Comité Organizador de la Olimpiada, para quitarlo de toda la cuestión política. Lo neutralizó. Y López Mateos se desesperaba, no poder ir al Estado de México a hacer sus reuniones porque lo tenían muy metido ahí, no podía ir al box, no corría ya sus coches. Lo iban apagando, apagando. Se fue apagando hasta que me imagino, perdió el sentido. (Gobierno del Estado de México, 2010) Y entonces, todo mundo descubrió que el monstruo de la organización seguía parado, esperando.

Los Juegos Olímpicos de Madero y Huerta

“Has sido apóstol, el Madero redentor…/y ya sabes lo que pasó al otro redentor con el madero/Tú llegas a la política puro y nítido/ como la paloma torcaz/ sin percatarte de que la política es puro gavilán”. Con el seudónimo del Duende un periodista firmó está rima en el semanario La Risa en Diciembre de 1911, para describir el entorno de Francisco I. Madero desde que asumió la presidencia constitucional el 6 de noviembre. (Ruiz Castañeda, Ma. del Carmen, 2000)

Envuelto en una serie de intrigas y conflictos internos, sólo un acto deportivo se distinguió con la presencia de Madero y su esposa, Sara Pérez de Romero: los Juegos Olímpicos conmemorativos de la Independencia, en septiembre de 1912.

Planeados para llevarse en el Bosque de Chapultepec, los juegos llevarían los nombres de los héroes insurgentes: la carrera de media milla Vicente Guerrero; la competencia de bicicletas Xavier Mina y el premio José María Morelos para el ganador de las 100 yardas.

La popularidad de los deportes, en una ciudad que no había sufrido ataques armados hasta entonces, propició la fundación del Club España, el Amicale Francés y el Garmendia, que representan en el fútbol a las comunidades ibéricas, galas y alemanas establecidas en México. (Conade, SEP, 2000)

Contaba también la capital con un nuevo Hipódromo en la colonia Condesa, dotado de tribunas de madera, pasillos y zonas empastadas. A falta de escenarios más adecuados, los Juegos Olímpicos de la Independencia dividieron su programa. Una parte se llevó a cabo en el Hipódromo, sobre el circuito que hasta la fecha marca la calle de Amsterdan, y la otra en el Toreo de cuatro caminos, en los límites de la ciudad con el Estado de México. (De la Torre Saavedra, 2020)

Fue en el Toreo donde la gente pudo saludar al efímero Presidente y su esposa. Cinco meses después -en febrero de 1913- se concretó el magnicidio de Madero y su vicepresidente Pino Suárez, por órdenes de Victoriano Huerta, el encargado de la defensa de la Ciudad de México nombrado por el propio mandatario.

El 12 de octubre de 1913 -dos días después de la disolución del Congreso- el nuevo secretario de Instrucción Pública, Nemesio García Naranjo, inauguró los Juegos Olímpicos interescolares. Sus ganadores habrían de ser premiados por el presidente espurio en el mismo Hipódromo de la Condesa, que meses antes festejó la presencia de Madero.

Foto: Dominio público de los Estados Unidos

Sucedió en diciembre, la petición olímpica

El presidente del Comité Olímpico Mexicano se molestó al comprobar que la carta de solicitud de la sede para los Juegos yacía en la papelera de pendientes. Faltaban las firmas del Secretario de Gobernación, Gustavo Díaz Ordaz y del Regente de la Ciudad, Ernesto Uruchurtu, para poder ser enviada al Presidente de la República y comenzar con su trámite ante el COI.

Clark Flores tomó la carta en el papel lacrado con el escudo nacional y decidió llevarla personalmente al Presidente López Mateos, quien lo miró extrañado al revisarla.

-Faltan firmas-

-Señor, si me lo permite, en cuanto tenga la suya yo mismo traeré de inmediato las restantes- respondió el militar que ese día obtuvo su cometido a costa de dos enemistades. Para su fortuna, Uruchurtu fue separado de su cargo al poco tiempo, pero Díaz Ordaz se enfiló a suceder a López Mateos en la Presidencia de la República. (Codeme, 1993)

La memoria de la Odepa asegura que el “Libro Blanco” presentado por México fue impecable. Tenía todo previsto y resuelto: fecha de eventos, estudios meteorológicos, contenía evidencias de la experiencia de México como organizador de eventos internacionales. El documento además hacía énfasis en la probada diplomacia mexicana de “libre admisión de atletas, jueces y funcionarios sin importar credo, raza, país, ideas políticas o situación económica o social”.  En pocas palabras: a todos los recibimos con los brazos abiertos, diría la lisonja popular.

El despacho informativo de la agencia UPI destacó la intervención del doctor Eduardo Hay, uno de los cinco oradores mexicanos, en torno a los experimentos para comprobar que la altura de 2,240 metros sobre el nivel del mar no afectaba a los deportistas. (Codeme, 1993)

El doctor Josué Sáenz también subió a la tribuna, lo mismo que Clark Flores.  El miembro del Comité Olímpico Internacional, Marte R. Gómez, quien había sufrido un accidente de tránsito un día antes, abandonó el hospital y se presentó como orador con diagnóstico de conmoción cerebral ligera. Cómo podía faltar el hombre que increpó al titular de Educación Pública, Narciso Bassols, en una carta del 18 de agosto de 1932.

“Por lo espectaculares que son y por lo mucho que atraen, las competencias olímpicas deben ser consideradas, no como el fin de la preparación deportiva, sino como su más eficaz auxiliar”. (R. Gómez, 2000)

Alejandro Ortega San Vicente, miembro del Comité Organizador, escribió en el 2006 que la alocución en inglés de Alejandro Carrillo Marcor, embajador de México que había sido campeón de oratoria en Texas, fue espléndida. (Ortega San Vicente, 2006)

Sin embargo, la votación de la asamblea del COI aquel 18 de octubre de 1963 en Baden-Baden, Alemania, no dejó de ser una sorpresa: 30 votos para México; 12 para Lyon, Francia; dos para Buenos Aires, Argentina y 14 para Detroit, Estados Unidos, esta última marcada por la prensa mundial como la gran favorita en su séptimo intento por obtener la sede olímpica.

“Nos sentimos desconcertados. Realmente creí que teníamos buenas perspectivas” declaró el alcalde de Detroit, Jerry Cavanagh a la agencia UPI.

Otros textos explican las piezas con las que se fabricó aquella sorpresa.

“Al boicot de la Liga Árabe por la Expulsión de Indonesia, a la formalización del movimiento de los JUNUFE (Juegos de las Nuevas Fuerzas Emergentes), al temor del COI sobre la posibilidad de un desplazamiento de los países africanos al campo de los JUNUFE por el apoyo del COI a Sudáfrica y a su temor, finalmente, de ver escindido el Movimiento Olímpico, el COI respondió con la concesión de los Juegos a un país del Tercer Mundo…Brundage declaró incluso a la prensa, antes de su elección, que brindaría su apoyo a México”. (Espinoza Prieto, 1986)

“México había presentado, además, continuidad y consistencia en su política exterior; la cual manifestaba relativa independencia como se había plasmado en el caso de la revolución cubana y, en esos momentos, ampliaba su horizonte a países socialistas europeos y no alineados como la India e Indonesia”.[1]

Coincide Celso Enríquez, catedrático de la Universidad de La Habana. “México dio el ejemplo al mundo de que es posible realizar concursos universales de tal magnitud pese a las limitaciones de su economía, en contraste con naciones super-desarrolladas que lanzan a diario la rabia de su barbarie sobre los campos ensangrentados de pueblos poco menos que indefensos, llevados por los más inconfesables intereses extra-humanos”. (Enriquez, 1968)

El Presidente Adolfo López Mateos lo resumió: “Es el reconocimiento mundial al pueblo mexicano”. (Ortega San Vicente, 2006) En cambio, a su regreso a nuestra patria, el presidente del Comité Olímpico Mexicano evitó el triunfalismo al ser abordado por la prensa.

-Me siento como aquel que le entró a la rifa de un tigre y se lo sacó. ¡Qué hacer con él ahora! Tendremos que trabajar muy duro para salir airosos de este compromiso- advirtió el directivo mexicano. (Escuela Militar de Ingeniería, COI, Odepa, COM, 2010)


[1] Ibidem

El Mecenas Olímpico del futbol

Para muchos Jorge Gómez Parada debía conformarse con ser rico, pero le apasionaba el “football” y creía que más mexicanos debían jugarlo.

Consanguíneo del marqués de San Miguel Aguayo y vizconde de Santa Olaya, fue educado en Inglaterra. Tenía el apellido perfecto para defender el arco pero le encantaba disparar el balón hasta hacerlo mecer en las piolas de la portería rival. Tuvo que ser un buen jugador pues en 1908 fue el único mexicano aceptado en la liga inglesa de football amateur de la capital. Militó en el British Club, formado exclusivamente por ingleses que vivían en San Pedro de los Pinos, muy cerca del Castillo de Chapultepec. (Seyde, 1976)

De hecho, Gómez Parada anotó el único “goal” de la final en que vencieron al Reforma aquel año. Para 1909 se cambió al Reforma y se convirtió en bicampeón, en una liga sin mexicanos, pero tampoco se conformó.

Se dice que su casa, en la Colonia Condesa, contaba con canchas de tenis y de polo, pero que Jorge escogió un llano que daba hacia la calzada de Tacubaya para convertirlo en el primer campo popular de fútbol de la Ciudad en 1910.

Allí, junto con otro pionero del balompié mexicano, Percy Clifford, fundó un club nuevo: el México. El uniforme era un hechizo para tratar de enrolar talentos nacionales: camiseta roja, pantaloncillo verde y calcetas blancas. Por si algo faltara, en el escudo un águila que devoraba una serpiente. (Conade, SEP, 2000)

Así reclutaron a Carlos Troncoso, Serafín Cerón y Carlos Miranda, primeros jugadores nacionales que formaron parte del primer equipo campeón en 1913. El México alineó al propio Gómez Parada, que así se convirtió en tres veces campeón del ahora sí fútbol mexicano, pero además promotor del conjunto que generó talentos autóctonos, como su legendario portero, el albañil Cirilo Roa.

Valiente como pocos, incluso cuando tenía que lanzarse a los postes de hormigón armado, Cirilo se caracterizaba porque cada domingo iba a almorzar a la fonda de su novia para engullir un plato de mole con pollo y una jarra de pulque, que se llevaba para colocarla detrás de la portería y beber entre jugada y jugada.

Pero a pesar de su humilde oficio, Cirilo era un caballero de la cancha. Durante un clásico contra el España, en 1915, un disparo del ibérico Lázaro Ibarreche pegó en el poste, picó en la línea de gol y regresó al campo. En medio de la discusión el árbitro preguntó a Cirilio -¿Fue gol?-

-Sí- respondió el arquero, sin dudarlo, aunque con ello el México perdió el partido. En aquel club México jugó luego Agustín González “Escopeta”, quien llegó a ser el primer cronista de este deporte para la radio mexicana y años más tarde para la televisión. (Seyde, 1976)

Gómez Parada salió del país en 1913 para refugiarse con su familia en los Estados Unidos, durante la Revolución. Reapareció un año después, para competir en una carrera de autos en el circuito de Chapultepec, a bordo de un León Peugeot. (Conade, SEP, 2000)

En 1921 Miguel De Beistegui lo mencionó en una de sus cartas al Conde Henri de Baillet Latour, para formar parte del Comité Olímpico Mexicano. De esta forma, el goleador aristócrata se incrustó en el primer Comité conformado en 1923 con: Carlos Rincón Gallardo, presidente; Carlos B. Zetina, vicepresidente; Martín Sobral, secretario y Jorge Gómez Parada, Enrique C. Aguirre y Lamberto Álvarez Gayou, como miembros. (De la Torre Saavedra, 2020)

Cuando en 1924, Carlos B. Zetina acudió al Congreso del Comité Olímpico Internacional en París, propuso a Gómez Parada como miembro del organismo para sustituir a Rincón Gallardo, quien causó mucha polémica como miembro del movimiento olímpico nacional.

El club México de fútbol reapareció en 1919 y se mantuvo hasta 1927, cuando surgió la primera Federación Mexicana de Futbol que lo obligó a cambiar su nombre al de México Atlético, con el que desapareció. En esa última etapa del equipo surgieron figuras como Óscar Bonfiglio, quien llegaría a ser arquero titular de la primera Selección Mexicana de Fútbol que asistió al primer Mundial en 1930, (Ventura, 2006) tal y como lo soñaba Gómez Parada 20 años atrás.

Se desconocen otras aportaciones de Jorge Gómez Parada al movimiento olímpico, pero uno de los mejores periodistas deportivos mexicanos, Manuel Seyde, escribió al referirse al personaje: “Los antiguos insisten: San Pedro de los Pinos fue la cuna”.

1916, el año de los Juegos Olímpicos Nacionales

Parecía que Pierre de Coubertin consolidaba un modelo ideal para los Juegos Olímpicos en Estocolmo 1912. Sin embargo, la descalificación del medallista Jim Thorpe, por parte del COI un año después, le indignó. “No faltó quien insinuase que Thorpe era un ciudadano de raza india y que debido a ello nos habíamos cebado con él más encarnizadamente”. (Durántez, 2006)

Imposibilitado en su época para remediar las críticas – el COI restituyó las medallas a la familia de Thorpe hasta 1982-  la injusticia cambió la visión  del olimpismo en la mente del Barón. “Nuestro Comité ha luchado más que nadie para hacer (del atletismo)  el placer habitual de los jóvenes de la pequeña burguesía y ahora debe hacerse completamente accesible al adolescente proletario. Todos los deportes para todos. Esta es la nueva fórmula, de alguna manera utópica, a cuya realización debemos inspirarnos”. (Durántez, Pierre de Coubertin y la Filosofía del Olimpismo, 1995)

México adelantó la fórmula, en 1916, con los Primeros Juegos Olímpicos Nacionales.

Si bien ningún mexicano asistió a Estocolmo, el comité organizador de los Juegos envió una invitación a la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes, la cual fue promocionada en cartelones en las escuelas de jurisprudencia, Medicina, Ingenieros, Bellas Artes, Altos Estudios, Superior de Comercio y Artes Oficios. La única advertencia era que el evento era exclusivo para varones, no obstante desde 1900 ya participaban mujeres en los Juegos. (De la Torre Saavedra, 2020)

Sin embargo, la promoción y la difusión de los juegos a través de la prensa  comenzó a ilusionar a una generación de jóvenes mexicanos, cuyos frutos la historia saboreó años más tarde. En 1915, por ejemplo, la YMCA premió a los 10 mejores deportistas nacionales de los últimos diez años. Allí figuró un nadador fundador de una de las mejores dinastías olímpicas: Alberto Capilla Cisneros, padre de los hermanos Capilla, pilares del despunte mexicano en los clavados olímpicos más tarde. (Conade, SEP, 2000)

Ese mismo año, Coubertin tomó los archivos del COI y la bandera olímpica, presentada en 1914, para llevarla a Lausana una vez desatada la primera Gran Guerra. El mundo carecía de una Ekecheira o “paz sagrada” que garantizara que la fiesta de la juventud podría realizarse en 1916, en Berlín, pero los mexicanos no se resignaron.

En Puebla, un grupo de entusiastas convocó a los I Juegos Olímpicos Nacionales, del 3 al 5 de mayo, en las instalaciones de la Unión Ciclista del Estado. Participaron la YMCA, la Escuela Nacional de Ingenieros, el Centro Atlético Ferrocarrilero, Amicaele Francaise, la Unión Ciclista Triunfo, el Club Liberal, Germania y el club España de fútbol. (Conade, SEP, 2000)

Las competencias incluyeron pruebas de pista y campo, carreras de bicicleta, béisbol y lucha de cable -entonces deporte olímpico- y una final de fútbol con los únicos equipos participantes: el Garmendia contra el España.

Se trató del primer capítulo conocido escrito al margen de una Olimpiada. El segundo será del puño de los catalanes cuando rechazaron asistir a los Juegos de los Nazis en 1936 y convocaron a unas “Olimpiadas Populares o Proletarias”. Incluso construyeron la entrada del estadio olímpico en Barcelona, cuya terminación la Guerra Civil Española y la dictadura franquista pospuso hasta 1992. (Espada, 1991)

Don Miguel de Béistegui, el precusor desconocido del COM

En diciembre de 1903, el Correo Español, uno de los 126 periódicos que circulaban en la Ciudad, publicó que pronto sería un hecho la celebración de los Juegos Olímpicos en México. Para ello nuestro país ya contaba, desde 1902, con un distinguido miembro en el “Comité Internacional de los Juegos Olímpicos”: Don Miguel de Béistegui y Septién. (De la Torre Saavedra, 2020)

Cónsul interino de México en Paris desde 1883, al parecer el mismo Pierre de Coubertin  invitó al diplomático a unirse al organismo. No hay mucha evidencia de su participación pero nunca dejó de pagar sus cuotas y justificar sus ausencias a las reuniones, como correspondía a su alcurnia.

Tampoco son de extrañar sus inasistencias. Entre 1907 y 1922 el primer miembro mexicano del COI vivió en Chile, Perú, Colombia, Ecuador, Noruega, Gran Bretaña y Alemania. A pesar de ello, mantuvo siempre correspondencia con Coubertin y el vicepresidente del COI, conde Henri de Baillet Latour, quienes defendieron su permanencia incluso después de la Revolución. La única prueba de su gran aceptación como embajador olímpico.

Al parecer don Miguel poseía también un talento intuitivo, como si contara con la lámpara de Diógenes, para encontrar las personas idóneas para el movimiento. En 1913 buscó al célebre Marqués de Guadalupe, Carlos Rincón Gallardo y Romero de Terreros, para que formara parte del pretendido Comité Olímpico Mexicano.

En sus planes, el consanguíneo del hombre más rico del mundo colonial, era el idóneo para encabezar un grupo de 99 prominentes mexicanos, por su pasión por la charrería, su rostro de aristócrata europeo y modales de cortesano, lo que ocurrió años más tarde. En el grupo tenía también considerado al famoso maestro francés de esgrima, Luciano Marignac, quien fundó la primera escuela para maestros de Esgrima y Gimnasia en 1908.

Si bien nada ocurrió en ese momento, nadie puede negar que sin vivir en México el diplomático juzgó bien a los personajes que habrían de influir con los años en la construcción del movimiento olímpico nacional.

Pasada la Primera Guerra Mundial y avanzada la Revolución Mexicana, en 1921 don Miguel insistió en su intento por armar el Comité Olímpico de México, pero el país estaba aún convulsionado por el reciente magnicidio de Venustiano Carranza y las luchas por sucederlo en la presidencia.

Quiso el destino que Béistegui atestiguara la fundación del Comité Olímpico en 1923. Desde entonces y hasta su muerte, en 1931, fue considerado como un valioso consejero del COI gracias a su persistencia en el proyecto y la confianza ganada, una onza invaluable entre los caballeros de la época se supiera o no de deportes.

El corresponsal guerrillero

Cuando México obtuvo la sede para los segundos Juegos Panamericanos, en Buenos Aires 1951, el entonces presidente del Comité Olímpico Mexicano, José de Jesús Clark Flores, dijo a sus colaboradores que el evento iba ser el medio para unificar el deporte mexicano. Ese mismo año invitó a México presidente del Comité Olímpico Internacional, Siegfrid Edstrom, ante quien aseguró también que estaba decido a luchar para que México pudiera organizar los Juegos Olímpicos.

Sin embargo, el presidente del COI no fue el único visitante distinguido para los Juegos Panamericanos. Hubo también un médico argentino residente en México, quien en su diario personal describió las funciones para las que se contrató con la Agencia Latina de Noticias, durante los Juegos: “Debía hacer de compilador de noticias, redactor fotográfico y cicerone de los periodistas que llegaban de América del Sur”.

Una labor que lo dejó extenuado y frustrado. “Mi trabajo durante los Juegos Panamericanos fue agotador en todo el sentido de la palabra, pues…el promedio de horas de sueño no pasaba de cuatro, debido a que yo era también el que revelaba y copiaba las fotografías. Todo ese trabajo debía tener su pequeña compensación monetaria en forma de unos 4,000 pesos que me corresponderían luego de tanto trajín”.

Pero no fue el caso. “Acabado que fue todo el trajín y felicitado convenientemente todo el personal que cubriera los juegos, un lacónico cable de la Agencia Latina nos informó que cesaba sus transmisiones y que cada personal hiciera lo que mejor le pareciera con el personal a su cargo (del sueldo ni una sola palabra), saber esta noticia y entregarme de cuerpo y alma a la tarea de morderme la cola fueron todo uno” escribió el médico en su biografía.

Al abandonar, molesto y cansado, los pasillos de la Ciudad Universitaria, sede del centro de prensa de las competencias continentales en México, el improvisado periodista deportivo pasó frente al auditorio al que los estudiantes impusieron su nombre en los años 60`s, el mismo con el que el mundo lo conocerá a partir de 1956: Ernesto “Che” Guevara, comandante de la Revolución Cubana.

Olegario, de niño a directivo

El general José de Jesús Clark, presidente del Comité Olímpico Mexicano, de 1959 a 1966, se sorprendió de la juventud de los tiradores mexicanos que iban a competir en los IV Juegos Panamericanos en Sao Paolo en 1963 y los llamó los “niños del tiro”. En las competencias nacionales eran más conocidos como los “Olegarios”, en honor del miembro más destacado del equipo: Olegario Vázquez Raña.

Representante de México desde los Juegos Centroamericanos de Kingston, Jamaica, en 1962, Olegario Vázquez Raña ganó en ese entonces la primera medalla de las once que obtuvo en el certamen regional. En Sao Paolo, durante los Panamericanos, el tirador quedó en segundo lugar en fusil pequeño, posición tendido, haciendo equipo con Raúl Arredondo, Paulino Díaz y José Sáenz.


Después, Olegario Vázquez Raña fue seleccionado mexicano a los Juegos Olímpicos en Tokio, Sin embargo, el momento cumbre en su carrera deportivo ocurrió al superar su propio récord mundial en rifle de aire, con 393 puntos, en el marco de los Juegos Panamericanos celebrados en México en 1975.

Por cierto, el tirador mexicano estuvo a punto de ser expulsado de los panamericanos cuando decidió subir al pódium acompañado de su hija Gelita, de sólo ocho años, lo que fue juzgado como un desacato al protocolo por parte del Comité Organizador.

En cambio, el presidente de México, Luis Echeverría Álvarez, lo felicitó efusivamente y le dijo había demostrado a nivel continental la unión familiar, que era lo que México necesitaba promover con el deporte. Eso fue lo que evitó que Olegario fuera suspendido de las competencias. Por el contrario, ese mismo año le otorgaron el Premio Nacional del Deporte, máxima distinción del gobierno mexicano para cualquier atleta.

Olegario Vázquez Raña fue electo miembro del Comité Olímpico Internacional por aclamación en la sesión celebrada en Budapest, Hungría, en 1995, posición que ocupó también el general Clark Flores, quien lo llamó el “niño del tiro” sin imaginar todo lo que iba a crecer.

La corte de los milagros

El general Tirso Hernández fungió como presidente del Comité Olímpico Mexicano de 1931 hasta 1951, posición desde la que se convirtió en un incansable promotor del deporte con los escasos medios disponibles en su época.

Con esa motivación, siendo dirigente del Comité Olímpico Mexicano también se hizo cargo de impulsar la actividad deportiva en la capital a través de la dirección de educación física del entonces Departamento del Distrito Federal, en una forma más que curiosa.

Ante la falta de maestros de educación física reclutó a unos entusiastas del deporte para capacitarlos como improvisados profesores, cuyo compromiso y facilidad para organizar eventos les ganó el mote de “la Corte de los Milagros”, tan eficaz y peculiar como la descrita por Víctor Hugo en su novela Nuestra Señora de París: el jorobado de Notre Dame.

De allí surgieron, entre otros, el profesor Jorge Muñoz Murillo, quien llegó a ser parte de la Dirección General de Actividades Deportivas y Recreativas de la UNAM. Estaban también Leopoldo “Pollito” Hernández, quien a pesar de tener una discapacidad manejaba una liga de béisbol de 160 equipos en Tacubaya y el “cojo” González, promotor de natación en el deportivo Venustiano Carranza, primer deportivo popular inaugurado en 1929, en la colonia Balbuena.

Formaba parte de la Corte de los Milagros Miguel Mercado, organizador de torneos en el Rastro, Peralvillo y Vallejo y el profesor José Mejía Bustos, apodado el “Padre Panchito”, creador de ligas deportivas entre campesinos en Tlahuac, Iztapalapa, Milpa Alta y Chalco.

El “Padre Panchito” recorría esas colonias en bicicleta llevando en su parrilla el material deportivo que le daba el general Tirso Hernández. Con estos aliados y a golpe de pedal, el presidente del Comité Olímpico Mexicano comenzó a propalar el interés por el deporte y el olimpismo en nuestro país.

Daniel Esparza
Periodista y escritor