La Cenicienta volvió a los harapos

“Y de veras el deporte en México, y pese a las nueve medallas con que 1968, en sus anales, pasó a la historia, tipifica a la romántica Cenicienta de Perrault y de nada valen conocimientos, trabajos y renuncias para aliviarle a la pobrecilla las consecuencias del desamor de sus egoístas hermanas”, escribió Antonio Haro Oliva como presidente de la Confederación Deportiva al presentar un diagnóstico del “Pasado, presente y futuro de la Promoción Deportiva en México” al recién electo presidente de la República, Luis Echeverría Álvarez, en 1970.

La Cenicienta todavía llegó radiante a los Juegos Centroamericanos de Panamá, en 1970. El equipo mexicano fue el más fuerte rival de Cuba. México ganó en total 124 preseas, 38 de oro, incluidas ocho de la medallista olímpica, Maritere Ramírez, quien además ligó una de plata y dos de bronce para ser designada la reina de los Juegos. Triunfan también Felipe Muñoz, con cinco preseas; las hermanas Berta y Norma Baraldi en los clavados, lo mismo que José de Jesús Robinson. Radamés Treviño fue el único que pudo arrebatar un triunfo a los colombianos en ciclismo, en el kilómetro contra reloj. Ganaron también los medallistas olímpicos, Agustín Zaragoza y Antonio Roldán en el boxeo. Arturo “Mano Santa” Guerrero se convirtió en el máximo anotador del baloncesto. Por tercera y última vez el equipo mexicano de vóleibol femenil obtuvo la medalla de oro. La seleccionada olímpica, Mercedes Román, quedó tercero en heptatlón y se combinó con Enriqueta Basilio, Lucía Quiroz y Silvia Tapia para lograr el bronce en el relevo 4×100 metros, por segunda vez en la historia del deporte mexicano desde 1950.

El general Omar Torrijos, histórico jefe de la Junta de Gobierno de Panamá, anunció a la mejor atleta de los Juegos: la mexicana Maritere Ramírez, cuyo nombre se quedó para siempre en la nación canalera, pues una calle llevará su nombre en honor a sus resultados.

Justo entonces se rompió el encanto y Cenicienta volvió a los harapos. La propia Queta Basilio lo describió en una entrevista 30 años más tarde.

“Para México 68 existió un gran apoyo para los deportistas, grandes entrenadores extranjeros, excelentes cuidados, fogueo internacional. Siempre decíamos que nuestra generación era para Múnich 72 con una preparación más intensa. Teníamos entre 18 y 20 años. Hubiéramos llegado muy bien”.

“Pero se acabó el compromiso y se acabó todo. Corrieron a los entrenadores, nos quedamos solos. No hubo motor que nos motivara a salir adelante.”

En esas condiciones, la malévola madrastra llamada presupuesto, no encerró a Cenicienta. Más bien la lanzó a la calle, acusándola de rebelde, como en el caso de Queta Basilio.

“Nos corren injustificadamente, que ya no dábamos los tiempos, pero nunca avisaron a nuestros padres y ellos con mucha razón se enojaron, porque a muchos de nuestros compañeros no se les dio ningún apoyo para regresar a sus casas. Andaban perdidos en la Ciudad, se metieron en conflictos y robos por necesidad, otro se fue de guerrillero, a otro le dieron como cárcel Tijuana, era muy jovencito, un excelente atleta. Ya se había cumplido el compromiso y ya no les importaba nada”.

México 68, ser o no ser

Roberto Casellas describe, en sus Confidencias de una Olimpiada, el predicamento del presidente entrante Gustavo Díaz Ordaz. Por una parte, tendría que gravar el presupuesto nacional para cumplir obligaciones de un compromiso en el que no había tenido voto. De salir todo bien, el mérito sería para quien obtuvo la sede. En caso contrario la condena sería para su gobierno.

En una entrevista para Palco Deportivo en Canal 40, en 1996, el coronel Antonio Haro Oliva aseguró que el mandatario citó a miembros de su gabinete para saber qué sucedería si México renunciaba a organizar la justa olímpica. La respuesta fue simple pero abrumadora.

-Nada, no sucedería nada. No hay sanción económica ni deportiva, aunque el prestigio internacional de México si podría verse afectado.

En esas condiciones, el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez habría propuesto realizar no sólo unos juegos deportivos, sino actividades culturales como ocurría en la antigua Grecia: una Olimpiada Cultural, cuya paternidad nadie podría discutirle al sucesor de López Mateos.

 “La idea era buena y prendió; desde ese momento Díaz Ordaz no sólo proveyó lo necesario para la realización del forzoso legado, sino que puso su empeño y entusiasmo por el éxito de las dos olimpiadas y contagió a los que lo rodeaban”, aseveró el que fuera canciller del comité organizador de los Juegos de México.

Con ese pretexto se solicitó a los Comités Olímpicos participantes el envío de dos obras de arte. Una debía representar su historia y otra lo mejor de su arte contemporáneo. Se les convocó a un festival de folklore, un concurso de cortos cinematográfico y un encuentro internacional de poetas, por citar algunos de los 20 concursos culturales.

Al fin, en junio de 1965 -20 meses después de haber obtenido la sede- Díaz Ordaz designó al ex presidente López Mateos, presidente del Comité Organizador de los Juegos, considerado por la prensa deportiva como el mejor hombre para el cargo. Tal vez no era el caso en lo político, de acuerdo a Miguel Alemán Velasco, uno de los amigos del ex presidente hasta su muerte.

“Creo que fue muy fuerte la reacción de Díaz Ordaz, lo quiso alejar, por eso lo nombró director del Comité Organizador de la Olimpiada, para quitarlo de toda la cuestión política. Lo neutralizó. Y López Mateos se desesperaba, no poder ir al Estado de México a hacer sus reuniones porque lo tenían muy metido ahí, no podía ir al box, no corría ya sus coches. Lo iban apagando, apagando. Se fue apagando hasta que me imagino, perdió el sentido. (Gobierno del Estado de México, 2010) Y entonces, todo mundo descubrió que el monstruo de la organización seguía parado, esperando.

Sucedió en diciembre, la petición olímpica

El presidente del Comité Olímpico Mexicano se molestó al comprobar que la carta de solicitud de la sede para los Juegos yacía en la papelera de pendientes. Faltaban las firmas del Secretario de Gobernación, Gustavo Díaz Ordaz y del Regente de la Ciudad, Ernesto Uruchurtu, para poder ser enviada al Presidente de la República y comenzar con su trámite ante el COI.

Clark Flores tomó la carta en el papel lacrado con el escudo nacional y decidió llevarla personalmente al Presidente López Mateos, quien lo miró extrañado al revisarla.

-Faltan firmas-

-Señor, si me lo permite, en cuanto tenga la suya yo mismo traeré de inmediato las restantes- respondió el militar que ese día obtuvo su cometido a costa de dos enemistades. Para su fortuna, Uruchurtu fue separado de su cargo al poco tiempo, pero Díaz Ordaz se enfiló a suceder a López Mateos en la Presidencia de la República. (Codeme, 1993)

La memoria de la Odepa asegura que el “Libro Blanco” presentado por México fue impecable. Tenía todo previsto y resuelto: fecha de eventos, estudios meteorológicos, contenía evidencias de la experiencia de México como organizador de eventos internacionales. El documento además hacía énfasis en la probada diplomacia mexicana de “libre admisión de atletas, jueces y funcionarios sin importar credo, raza, país, ideas políticas o situación económica o social”.  En pocas palabras: a todos los recibimos con los brazos abiertos, diría la lisonja popular.

El despacho informativo de la agencia UPI destacó la intervención del doctor Eduardo Hay, uno de los cinco oradores mexicanos, en torno a los experimentos para comprobar que la altura de 2,240 metros sobre el nivel del mar no afectaba a los deportistas. (Codeme, 1993)

El doctor Josué Sáenz también subió a la tribuna, lo mismo que Clark Flores.  El miembro del Comité Olímpico Internacional, Marte R. Gómez, quien había sufrido un accidente de tránsito un día antes, abandonó el hospital y se presentó como orador con diagnóstico de conmoción cerebral ligera. Cómo podía faltar el hombre que increpó al titular de Educación Pública, Narciso Bassols, en una carta del 18 de agosto de 1932.

“Por lo espectaculares que son y por lo mucho que atraen, las competencias olímpicas deben ser consideradas, no como el fin de la preparación deportiva, sino como su más eficaz auxiliar”. (R. Gómez, 2000)

Alejandro Ortega San Vicente, miembro del Comité Organizador, escribió en el 2006 que la alocución en inglés de Alejandro Carrillo Marcor, embajador de México que había sido campeón de oratoria en Texas, fue espléndida. (Ortega San Vicente, 2006)

Sin embargo, la votación de la asamblea del COI aquel 18 de octubre de 1963 en Baden-Baden, Alemania, no dejó de ser una sorpresa: 30 votos para México; 12 para Lyon, Francia; dos para Buenos Aires, Argentina y 14 para Detroit, Estados Unidos, esta última marcada por la prensa mundial como la gran favorita en su séptimo intento por obtener la sede olímpica.

“Nos sentimos desconcertados. Realmente creí que teníamos buenas perspectivas” declaró el alcalde de Detroit, Jerry Cavanagh a la agencia UPI.

Otros textos explican las piezas con las que se fabricó aquella sorpresa.

“Al boicot de la Liga Árabe por la Expulsión de Indonesia, a la formalización del movimiento de los JUNUFE (Juegos de las Nuevas Fuerzas Emergentes), al temor del COI sobre la posibilidad de un desplazamiento de los países africanos al campo de los JUNUFE por el apoyo del COI a Sudáfrica y a su temor, finalmente, de ver escindido el Movimiento Olímpico, el COI respondió con la concesión de los Juegos a un país del Tercer Mundo…Brundage declaró incluso a la prensa, antes de su elección, que brindaría su apoyo a México”. (Espinoza Prieto, 1986)

“México había presentado, además, continuidad y consistencia en su política exterior; la cual manifestaba relativa independencia como se había plasmado en el caso de la revolución cubana y, en esos momentos, ampliaba su horizonte a países socialistas europeos y no alineados como la India e Indonesia”.[1]

Coincide Celso Enríquez, catedrático de la Universidad de La Habana. “México dio el ejemplo al mundo de que es posible realizar concursos universales de tal magnitud pese a las limitaciones de su economía, en contraste con naciones super-desarrolladas que lanzan a diario la rabia de su barbarie sobre los campos ensangrentados de pueblos poco menos que indefensos, llevados por los más inconfesables intereses extra-humanos”. (Enriquez, 1968)

El Presidente Adolfo López Mateos lo resumió: “Es el reconocimiento mundial al pueblo mexicano”. (Ortega San Vicente, 2006) En cambio, a su regreso a nuestra patria, el presidente del Comité Olímpico Mexicano evitó el triunfalismo al ser abordado por la prensa.

-Me siento como aquel que le entró a la rifa de un tigre y se lo sacó. ¡Qué hacer con él ahora! Tendremos que trabajar muy duro para salir airosos de este compromiso- advirtió el directivo mexicano. (Escuela Militar de Ingeniería, COI, Odepa, COM, 2010)


[1] Ibidem

El Mecenas Olímpico del futbol

Para muchos Jorge Gómez Parada debía conformarse con ser rico, pero le apasionaba el “football” y creía que más mexicanos debían jugarlo.

Consanguíneo del marqués de San Miguel Aguayo y vizconde de Santa Olaya, fue educado en Inglaterra. Tenía el apellido perfecto para defender el arco pero le encantaba disparar el balón hasta hacerlo mecer en las piolas de la portería rival. Tuvo que ser un buen jugador pues en 1908 fue el único mexicano aceptado en la liga inglesa de football amateur de la capital. Militó en el British Club, formado exclusivamente por ingleses que vivían en San Pedro de los Pinos, muy cerca del Castillo de Chapultepec. (Seyde, 1976)

De hecho, Gómez Parada anotó el único “goal” de la final en que vencieron al Reforma aquel año. Para 1909 se cambió al Reforma y se convirtió en bicampeón, en una liga sin mexicanos, pero tampoco se conformó.

Se dice que su casa, en la Colonia Condesa, contaba con canchas de tenis y de polo, pero que Jorge escogió un llano que daba hacia la calzada de Tacubaya para convertirlo en el primer campo popular de fútbol de la Ciudad en 1910.

Allí, junto con otro pionero del balompié mexicano, Percy Clifford, fundó un club nuevo: el México. El uniforme era un hechizo para tratar de enrolar talentos nacionales: camiseta roja, pantaloncillo verde y calcetas blancas. Por si algo faltara, en el escudo un águila que devoraba una serpiente. (Conade, SEP, 2000)

Así reclutaron a Carlos Troncoso, Serafín Cerón y Carlos Miranda, primeros jugadores nacionales que formaron parte del primer equipo campeón en 1913. El México alineó al propio Gómez Parada, que así se convirtió en tres veces campeón del ahora sí fútbol mexicano, pero además promotor del conjunto que generó talentos autóctonos, como su legendario portero, el albañil Cirilo Roa.

Valiente como pocos, incluso cuando tenía que lanzarse a los postes de hormigón armado, Cirilo se caracterizaba porque cada domingo iba a almorzar a la fonda de su novia para engullir un plato de mole con pollo y una jarra de pulque, que se llevaba para colocarla detrás de la portería y beber entre jugada y jugada.

Pero a pesar de su humilde oficio, Cirilo era un caballero de la cancha. Durante un clásico contra el España, en 1915, un disparo del ibérico Lázaro Ibarreche pegó en el poste, picó en la línea de gol y regresó al campo. En medio de la discusión el árbitro preguntó a Cirilio -¿Fue gol?-

-Sí- respondió el arquero, sin dudarlo, aunque con ello el México perdió el partido. En aquel club México jugó luego Agustín González “Escopeta”, quien llegó a ser el primer cronista de este deporte para la radio mexicana y años más tarde para la televisión. (Seyde, 1976)

Gómez Parada salió del país en 1913 para refugiarse con su familia en los Estados Unidos, durante la Revolución. Reapareció un año después, para competir en una carrera de autos en el circuito de Chapultepec, a bordo de un León Peugeot. (Conade, SEP, 2000)

En 1921 Miguel De Beistegui lo mencionó en una de sus cartas al Conde Henri de Baillet Latour, para formar parte del Comité Olímpico Mexicano. De esta forma, el goleador aristócrata se incrustó en el primer Comité conformado en 1923 con: Carlos Rincón Gallardo, presidente; Carlos B. Zetina, vicepresidente; Martín Sobral, secretario y Jorge Gómez Parada, Enrique C. Aguirre y Lamberto Álvarez Gayou, como miembros. (De la Torre Saavedra, 2020)

Cuando en 1924, Carlos B. Zetina acudió al Congreso del Comité Olímpico Internacional en París, propuso a Gómez Parada como miembro del organismo para sustituir a Rincón Gallardo, quien causó mucha polémica como miembro del movimiento olímpico nacional.

El club México de fútbol reapareció en 1919 y se mantuvo hasta 1927, cuando surgió la primera Federación Mexicana de Futbol que lo obligó a cambiar su nombre al de México Atlético, con el que desapareció. En esa última etapa del equipo surgieron figuras como Óscar Bonfiglio, quien llegaría a ser arquero titular de la primera Selección Mexicana de Fútbol que asistió al primer Mundial en 1930, (Ventura, 2006) tal y como lo soñaba Gómez Parada 20 años atrás.

Se desconocen otras aportaciones de Jorge Gómez Parada al movimiento olímpico, pero uno de los mejores periodistas deportivos mexicanos, Manuel Seyde, escribió al referirse al personaje: “Los antiguos insisten: San Pedro de los Pinos fue la cuna”.

Una reflexión de las políticas públicas en el deporte. Una construcción de un patrimonio cultural deportivo

Maestro en Derecho Jalil Ascary Del Carmen Clemente[1]

Estimado lector, estoy seguro de que has escuchado la frase “Aquel que no aprende de su historia, está condenado a repetirla”, es una reflexión para que cada persona conozca la esencia de su sociedad o de su nación, esto permite aprender, contribuir y construir una mejor comunidad. 

De lo anterior, para entender nuestro presente es necesario conocer nuestro pasado, la evolución de nuestra historia de la actividad física y deportiva, no sólo son 500 años de historia, sino un poco más de 2500 años de historia, con los cimientos del hombre en América del Norte, en las zonas culturales conocidas como Aridoamérica, Oasisamérica y Mesoamérica, de esta última estoy seguro que recuerdas más las civilizaciones Olmecas, Totonacas, Teotihuacanos, Mayas, Aztecas, entre otros más, pero que debo decirte un dato muy peculiar, sabías que en las zonas culturales el factor en común fue la evolución de lo que conocemos como el juego de pelota; pero no sería lo único a partir de los orígenes de los pueblos indígenas tenemos un arraigo a los juegos y deportes autóctonos o tradicionales, con el paso del tiempo, hoy en día forman parte de nuestro patrimonio cultural deportivo, pero no sólo para eso, sino para saber para que somos buenos respecto a la actividad deportiva.

Ahora bien, el deporte por sí sólo está basado en la teoría del entrenamiento, sin embargo al ser complejo, cambiante, dinámico y tener contraste de realidad, se requiere de las ciencias sociales como la antropología social, la economía, la psicología, la sociología, la ingeniería social que tanto ha impulsado el Dr. Jesús Galindo, entre otras ciencias más que se debe considerar en las políticas públicas en el deporte.

Si bien el Derecho llegó tarde al Deporte, como lo confirma el abogado suizo, Francois Carrard, esto implica que hoy en día exista una normatividad que se vincule al deporte, es por ello, que la política pública debe tener un fundamento legal, no hay que inventar el hilo negro, es simplemente que leer la Ley General de Cultura Física y Deporte vigente, así como la iniciativa de la misma, contempla que la colaboración y la coordinación entre la Federación, los Estados, los municipios y las demarcaciones territoriales de la Ciudad de México, como el sector privado social, a través de la activación física, cultura física y el deporte se debe de prevenir del delito y prevenir enfermedades, lo cual lamentablemente no existe ninguna política pública sobre este tema, ni mucho menos alguna autoridad deportiva que la impulse, o se vincule con otra autoridad de seguridad o de salud.

Se debe dejar de utilizar el denominado “Deporte para todos”, es una mala definición porque no todos hacen deporte para competir, se tiene que ver hacia el ocio, la recreación, a los estudiosos de la Administración de Tiempo Libre, es mejor denominar “Activación para todos”, ya que así se puede aplicar el ser incluyentes con todas las personas(sin distinción de raza, edad, género o preferencia sexual) para que mejoren su salud física y mental, cuya finalidad pueda ser lo educativo, la salud, entre otros.

También se tiene que fomentar la construcción de un patrimonio cultural deportivo como es la charrería, los juegos y deportes autóctonos y tradicionales, pero por último considerar también a la lucha libre, ya que fue considerada como Patrimonio Cultura Intangible de la Ciudad de México en el 2018, es por ello, que como fundador de la Academia Mexicana de Altos Estudios sobre la Lucha Libre, A.C. (AMAELL), será un placer colaborar tanto con la Cámara de Diputados, así como con el Comité Olímpico Mexicano, A.C., de coadyuvar a que este deporte cultural esté presente en la agenda pública, pero además reconocer el lugar que le corresponde como parte de la identidad nacional.

Nuestro deporte y las políticas públicas, son como una olla de tamal, se quiere aplicar la misma masa para todo (pero existe el tamal veracruzano, el oaxaqueño, los de hoja de maíz: mole, dulce, rajas, etc.) y no nos damos cuenta, que cada esencia es diferente, cada deporte es diferente, que las políticas públicas no se pueden aplicar de manera general, las políticas públicas funcionan en un lugar y tiempo determinado, que hoy en día, existen 2471 realidades, si 2471 municipios, considerando las 16 alcaldías de la Ciudad de México, en cada uno de ellos son diversas realidades.

Finalmente, pertenezco a una Red de Investigadores sobre Deporte, Cultura Física, Ocio y Recreación, que desde el 2006 que se constituyó, todos los que hemos sido parte, concluimos, indicando: que el deporte también se estudia, te invito a que me contactes para aprender un poco más de historia, a través de mi último libro, Breve Historia del Deporte en México y su Impacto Social, Editorial Hypatias Creatividad Editorial, y que se tuvo la oportunidad de publicar en el año 2020, recuerda aprende de tu historia, no para cometer los mismo errores, sino para aprender y mejorar nuestra sociedad en el ámbito deportivo.


[1] Licenciado y Maestro de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México. Doctorante en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la misma Universidad. Ha sido servidor público en la Comisión de Apelación y Arbitraje del Deporte. Forma parte del cuerpo de jueces de la Federación Mexicana de Natación, A. C. Asociado fundador y presidente de la Academia de Altos Estudios sobre Lucha Libre (AMAELL) y Asociado fundador del Centro Iberoamericano de Investigación en Industrias Creativas (CIIIC). Coautor y autor de diversas obras y artículos en investigaciones relacionadas con el Derecho del Deporte, en revistas científicas nacionales y extranjeras. Su última publicación Breve Historia del Deporte en México y su Impacto Social. Docente en la Universidad YMCA, en la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y Universidad de Londres. Integrante de la FIEPS CDMX y copresidente de la Red de Investigadores sobre Deporte, Cultura Física, Ocio y Recreación.

1916, el año de los Juegos Olímpicos Nacionales

Parecía que Pierre de Coubertin consolidaba un modelo ideal para los Juegos Olímpicos en Estocolmo 1912. Sin embargo, la descalificación del medallista Jim Thorpe, por parte del COI un año después, le indignó. “No faltó quien insinuase que Thorpe era un ciudadano de raza india y que debido a ello nos habíamos cebado con él más encarnizadamente”. (Durántez, 2006)

Imposibilitado en su época para remediar las críticas – el COI restituyó las medallas a la familia de Thorpe hasta 1982-  la injusticia cambió la visión  del olimpismo en la mente del Barón. “Nuestro Comité ha luchado más que nadie para hacer (del atletismo)  el placer habitual de los jóvenes de la pequeña burguesía y ahora debe hacerse completamente accesible al adolescente proletario. Todos los deportes para todos. Esta es la nueva fórmula, de alguna manera utópica, a cuya realización debemos inspirarnos”. (Durántez, Pierre de Coubertin y la Filosofía del Olimpismo, 1995)

México adelantó la fórmula, en 1916, con los Primeros Juegos Olímpicos Nacionales.

Si bien ningún mexicano asistió a Estocolmo, el comité organizador de los Juegos envió una invitación a la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes, la cual fue promocionada en cartelones en las escuelas de jurisprudencia, Medicina, Ingenieros, Bellas Artes, Altos Estudios, Superior de Comercio y Artes Oficios. La única advertencia era que el evento era exclusivo para varones, no obstante desde 1900 ya participaban mujeres en los Juegos. (De la Torre Saavedra, 2020)

Sin embargo, la promoción y la difusión de los juegos a través de la prensa  comenzó a ilusionar a una generación de jóvenes mexicanos, cuyos frutos la historia saboreó años más tarde. En 1915, por ejemplo, la YMCA premió a los 10 mejores deportistas nacionales de los últimos diez años. Allí figuró un nadador fundador de una de las mejores dinastías olímpicas: Alberto Capilla Cisneros, padre de los hermanos Capilla, pilares del despunte mexicano en los clavados olímpicos más tarde. (Conade, SEP, 2000)

Ese mismo año, Coubertin tomó los archivos del COI y la bandera olímpica, presentada en 1914, para llevarla a Lausana una vez desatada la primera Gran Guerra. El mundo carecía de una Ekecheira o “paz sagrada” que garantizara que la fiesta de la juventud podría realizarse en 1916, en Berlín, pero los mexicanos no se resignaron.

En Puebla, un grupo de entusiastas convocó a los I Juegos Olímpicos Nacionales, del 3 al 5 de mayo, en las instalaciones de la Unión Ciclista del Estado. Participaron la YMCA, la Escuela Nacional de Ingenieros, el Centro Atlético Ferrocarrilero, Amicaele Francaise, la Unión Ciclista Triunfo, el Club Liberal, Germania y el club España de fútbol. (Conade, SEP, 2000)

Las competencias incluyeron pruebas de pista y campo, carreras de bicicleta, béisbol y lucha de cable -entonces deporte olímpico- y una final de fútbol con los únicos equipos participantes: el Garmendia contra el España.

Se trató del primer capítulo conocido escrito al margen de una Olimpiada. El segundo será del puño de los catalanes cuando rechazaron asistir a los Juegos de los Nazis en 1936 y convocaron a unas “Olimpiadas Populares o Proletarias”. Incluso construyeron la entrada del estadio olímpico en Barcelona, cuya terminación la Guerra Civil Española y la dictadura franquista pospuso hasta 1992. (Espada, 1991)

Olegario, de niño a directivo

El general José de Jesús Clark, presidente del Comité Olímpico Mexicano, de 1959 a 1966, se sorprendió de la juventud de los tiradores mexicanos que iban a competir en los IV Juegos Panamericanos en Sao Paolo en 1963 y los llamó los “niños del tiro”. En las competencias nacionales eran más conocidos como los “Olegarios”, en honor del miembro más destacado del equipo: Olegario Vázquez Raña.

Representante de México desde los Juegos Centroamericanos de Kingston, Jamaica, en 1962, Olegario Vázquez Raña ganó en ese entonces la primera medalla de las once que obtuvo en el certamen regional. En Sao Paolo, durante los Panamericanos, el tirador quedó en segundo lugar en fusil pequeño, posición tendido, haciendo equipo con Raúl Arredondo, Paulino Díaz y José Sáenz.


Después, Olegario Vázquez Raña fue seleccionado mexicano a los Juegos Olímpicos en Tokio, Sin embargo, el momento cumbre en su carrera deportivo ocurrió al superar su propio récord mundial en rifle de aire, con 393 puntos, en el marco de los Juegos Panamericanos celebrados en México en 1975.

Por cierto, el tirador mexicano estuvo a punto de ser expulsado de los panamericanos cuando decidió subir al pódium acompañado de su hija Gelita, de sólo ocho años, lo que fue juzgado como un desacato al protocolo por parte del Comité Organizador.

En cambio, el presidente de México, Luis Echeverría Álvarez, lo felicitó efusivamente y le dijo había demostrado a nivel continental la unión familiar, que era lo que México necesitaba promover con el deporte. Eso fue lo que evitó que Olegario fuera suspendido de las competencias. Por el contrario, ese mismo año le otorgaron el Premio Nacional del Deporte, máxima distinción del gobierno mexicano para cualquier atleta.

Olegario Vázquez Raña fue electo miembro del Comité Olímpico Internacional por aclamación en la sesión celebrada en Budapest, Hungría, en 1995, posición que ocupó también el general Clark Flores, quien lo llamó el “niño del tiro” sin imaginar todo lo que iba a crecer.

La corte de los milagros

El general Tirso Hernández fungió como presidente del Comité Olímpico Mexicano de 1931 hasta 1951, posición desde la que se convirtió en un incansable promotor del deporte con los escasos medios disponibles en su época.

Con esa motivación, siendo dirigente del Comité Olímpico Mexicano también se hizo cargo de impulsar la actividad deportiva en la capital a través de la dirección de educación física del entonces Departamento del Distrito Federal, en una forma más que curiosa.

Ante la falta de maestros de educación física reclutó a unos entusiastas del deporte para capacitarlos como improvisados profesores, cuyo compromiso y facilidad para organizar eventos les ganó el mote de “la Corte de los Milagros”, tan eficaz y peculiar como la descrita por Víctor Hugo en su novela Nuestra Señora de París: el jorobado de Notre Dame.

De allí surgieron, entre otros, el profesor Jorge Muñoz Murillo, quien llegó a ser parte de la Dirección General de Actividades Deportivas y Recreativas de la UNAM. Estaban también Leopoldo “Pollito” Hernández, quien a pesar de tener una discapacidad manejaba una liga de béisbol de 160 equipos en Tacubaya y el “cojo” González, promotor de natación en el deportivo Venustiano Carranza, primer deportivo popular inaugurado en 1929, en la colonia Balbuena.

Formaba parte de la Corte de los Milagros Miguel Mercado, organizador de torneos en el Rastro, Peralvillo y Vallejo y el profesor José Mejía Bustos, apodado el “Padre Panchito”, creador de ligas deportivas entre campesinos en Tlahuac, Iztapalapa, Milpa Alta y Chalco.

El “Padre Panchito” recorría esas colonias en bicicleta llevando en su parrilla el material deportivo que le daba el general Tirso Hernández. Con estos aliados y a golpe de pedal, el presidente del Comité Olímpico Mexicano comenzó a propalar el interés por el deporte y el olimpismo en nuestro país.

Daniel Esparza
Periodista y escritor

A 54 años de la llama olímpica en México 68

La Ciudad de México todavía recuerda aquel  emotivo 12 de octubre de 1968 cuando la corredora mexicana, Enriqueta Basilio, encendió el pebetero en el icónico Estadio Olímpico México 68 para inaugurar los Juegos de la XIX Olimpiada.

El primer relevista en suelo mexicano fue el veracruzano y nadador Sergio Castellanos. La antorcha de los Juegos Olímpicos de México 68 llegó a Veracruz por medio del barco Durango el 6 de octubre de ese año.

La antorcha recorrió desde la antigua ciudad de Olimpia hasta México un total de 13,536 kilómetros.  Los países que vistió antes de su llegada a tierra azteca  fueron Grecia,  Italia, España y Bahamas. Las antorchas modernas de los Juegos Olímpicos  utilizan diseños únicos que representan el espíritu de los Juegos y al país sede.  Están construidas para soportar las inclemencias del clima mientras portan la llama olímpica.

Cabe señalar  que con el fuego olímpico en la ceremonia inaugural,  se encendieron dos antorchas una de las cuales se llevó en avión al estado de Guerrero para las competiciones de vela y la otra al Museo Nacional de Antropología e Historia, una de la sedes de la primera Olimpiada Cultural.

La antorcha de la Olimpiada XIX tiene aberturas verticales en  el cuerpo. Por arriba lleva la leyenda México 68 tallada y trazada dos veces en el metal. Los surcos significaban “la proyección de los Juegos en la radio y televisión”, porque aquella justa olímpica también marcó una  transición a la era moderna en el deporte con cambios sustanciales como las primeras transmisiones olímpicas a color para el mundo, la primera vez que algunas pruebas se cronometraron electrónicamente  y la primera vez que un país de América latina albergó unos Juegos Olímpicos.

El Fuego Nuevo es una de las tradiciones prehispánicas que en la antigüedad se pensaba tenía que surgir para poder ver un nuevo Sol, un nuevo comienzo. Por ello, el país celebra en cada ciclo olímpico, el encendido de la antorcha con una ceremonia de Fuego Nuevo  que busca transmitir un renovado mensaje de paz y unidad en el mundo. 

La llama olímpica que ilumina los sueños e ilusiones de los atletas, brilló en México 68 hace 54 años y aún perdura el recuerdo ya que los atletas dejaron una huella importante en territorio nacional. Ricardo Delgado (boxeo), Antonio Roldán (boxeo), Felipe Muñoz (natación), José Pedraza (atletismo), María del Pilar Roldán (esgrima), Álvaro Gaxiola (clavadista), Agustín Zaragoza (boxeo), Joaquín Rocha (boxeo) y María Teresa Ramírez (natación),  escribieron sus nombres en la historia al volverse medallistas, con la llama olímpica como testigo, de la delegación mexicana con mayor número de preseas en unos Juegos Olímpicos.

Es por eso que esta semana celebramos al fuego olímpico y a esa generación de atletas que marcaron un antes y un después para el olimpismo mexicano. La llama olímpica está más viva que nunca, y a 54 años de iluminar el deporte nacional, la ilusión de unos nuevos juegos para México se hace posible rumbo a 2036.

Primeros mexicanos en Juegos Olímpicos

Estas son historias verdaderas en 100 años del olimpismo en México.
A partir de ahora en el Blog Olímpico contaremos los pasajes que hicieron al Comité Olímpico Mexicano.
Memorias, entrevistas, anécdotas inéditas narradas por sus protagonistas.
Bienvenidos a los 100 años de vida del Comité Olímpico Mexicano.

A pesar de que el Comité Olímpico Mexicano fue fundado en 1923, la primera participación de mexicanos en los Juegos Olímpicos ocurrió mucho antes: en 1900, durante la segunda edición de los Juegos, en el marco de la Exposición Mundial en París.


De acuerdo a la historiadora Verónica Gutiérrez Lozoya en los Juegos Olímpicos de Atenas (1896) no se llevaron a cabo competencias ecuestres por problemas de presupuesto. Esta situación se subsanó en París, donde hubo competencias hípicas de salto y polo ecuestre, siendo en esta última disciplina donde participaron por México los hermanos Pablo, Manuel y Eustaquio Escandón y Barrón.


El torneo de polo de los Juegos de París 1900 fue organizado gracias a los buenos oficios del conde Charles de la Rochefocauld, conocida personalidad de la nobleza francesa, gran amante del polo hípico y líder del centro social y deportivo más exclusivo de la capital gala a principios del siglo XX: el club de Polo Bagatelle, situado en terrenos del famoso hipódromo de Longchamp.


Eustaquio y Manuel Escandón eran socios distinguidos de Bagatelle, donde practicaban con regularidad el polo. Pablo, militar de carrera perteneciente al Estado Mayor del General Porfirio Díaz, tomó parte en los Juegos debido a que vacacionaba en casa de sus hermanos al momento de las competencias.


Los tres hermanos era jinetes desde niños pues aprendieron a montar en un rancho propiedad de su padre ubicado en lo que hoy es el barrio de Tacubaya, en la ciudad de México. Junto a su colega de negocios, William Hyden Wright, los mexicanos terminaron en la tercera posición del Gran Premio de la Exposición, evento que clausuró el calendario del polo en 1900 y que el Comité Olímpico Internacional reconoció como evento oficial y como tal el primer triunfo mexicano en unos Juegos Olímpicos.

Daniel Esparza
Periodista y escritor