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| MARIA TERESA RAMIREZ |
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Para María Teresa Ramírez la decisión: La natación o el piano?...¿Las competencias o los conciertos?...Maritere Ramírez tenía que tomar esa difícil decisión, ¡Apenas a los siete años de edad!
No dudó: ¡ Mejor la natación !
Ocho años después, todavía sorprendida, con una olímpica medalla de bronce pendiendo de su fino cuello, aquella chiquilla vio venir hacia sí a una figura conocida que atropellaba a gente en su prisa; todo mundo le abría paso... Hasta que el presidente Gustavo Díaz Ordaz entró al vestidor de la alberca Francisco Márquez, se acercó a la nadadora y le dijo, también él turbado por la emoción:
¡Conmoviste a nueve millones de mexicanos!... ¿Y quién, realmente, puede hacer eso?
Maritere bajó la mirada, ruborizada.Continuó el Presidente, --- Lo tuyo fue realmente una cosa muy bonita... ¡Te felicito!, Ella pudo apenas balbucear su agradecimiento.
No quería que nada le distrajera de aquel, su goce interior. Había vencido a la australiana Karen Moras, después de más de 9 segundos y medio de cerrada lucha en los 800 metros de nado libre.
Ya las estadounidenses Debbie Meyer y Pam Krause se habían apoderado, respectivamente, de las medallas de oro y plata. ¿Para quién sería la de bronce?
Son 500 metros de competencia...
Ya Debbie Meyer va muy adelante. Y Maritere sólo alcanza a ver la lejana patada de Pam Krause, quien era su punto de referencia. Pero, entre ella y la nadadora estadounidense, entre ella y la tercera medalla de la prueba, no hay más que una sombra, una molesta sombra:
Karen Moras.
Maritere:
Me di cuenta de que estábamos luchando metro a metro por una medalla. Cuando dábamos la vuelta, Karen se adelantaba, pero, ya en el curso, siempre volvía a darle alcance. Ibamos muy juntas. Yo escuchaba el griterío y ese era mi mejor aliciente. Hasta que llegó el cierre: los últimos 50 metros. Llegué a ellos en cuarto lugar hasta que alcancé a Karen y nadamos, al parejo, los metros finales. Cuando faltaba como media alberca, sentí que había llegado a mí ese famoso segundo aire. Respiré profundo y lo di todo. No volví a respirar sino hasta tocar el muro. Fue una llegada con el corazón por delante, con mucho coraje. Materialmente me aventé para tocar y sentí que lo había hecho primero que la australiana.