Comité Olímpico Mexicano

MANUEL YOUSHIMATZ

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De los héroes anónimos de nuestro deporte se llama José Antonio Urbalejo, nació en Cucurpe, una pequeña población al norte de Sonora, a orillas del río San Miguel y entre el principio de la Sierra Madre Occidental y el temido Desierto de Altar...Hace tiempo ya, que José Antonio se cansó de las polvosas tardes cucurpeñas y de aquel su barrio, al que la pobreza pintaba de gris. Y emigró al norte, allá a California, en pos de mejores oportunidades. Después de varios trabajos a la sombra de la clandestinidad migratoria, quiso el destino instalarlo al volante de un automóvil de alquiler en la ciudad de Los Angeles.

Durante cinco años ha conducido José Antonio el Chevrolet Montecarlo 1979, de la compañía Yellow Cab, por las turbulentas calles y avenidas de la urbe californiana. Hoy es el viernes 3 de agosto de 1984. vive la ciudad la euforia olímpica. 12:15 horas:

José Antonio se aleja del siempre congestionado centro de Los Angeles. Mientras conduce escucha la radio con atención y se entera de los pormenores de la fiesta deportiva. Está al día de la actuación de los competidores mexicanos y sabe qué esa tarde entrarán en acción los primeros marchistas, en la prueba de los 20 kilómetros. Esperará, pues... Un letrero en lo alto le hace recordar que está cerca de las instalaciones de la Universidad del Sur de California (USC), convertida en Villa Olímpica. Pasaje seguro. Vira hacia Figueroa Street y va de frente por la espaciosa avenida. De repente los ve: dos individuos con pants –uno de ellos carga una fina bicicleta de competencia– le hacen señas desesperadamente. José Antonio acelera y orilla el automóvil. Corren hacia él aquellos personajes. No son muy altos y los dos usan anteojos. El más pequeño es, sin embargo, el de mayor edad; fácil adivinarlo por su pelo ensortijado y canoso, por las arrugas que ya surcan

su rostro, por el espesor del cristal de sus viejas antiparras.

El otro es joven, muy joven y suda copiosamente. En su rostro moreno, quemado por el sol, se advierten rasgos orientales; sus espejuelos son modernos, de esbelto armazón. La angustia descompone a ambos la expresión. José Antonio descubre que son paisanos: en las verdes chamarras está escrito el nombre de MEXICO con letras mayúsculas blancas. El joven abre violentamente la portezuela, mete su cara oriental y pregunta casi en un grito, atropellando sus palabras en un tartajeante inglés:

–¿Do you speak spanish?...–¡Cómo demonios no, paisas!... Nomás díganme pa’ qué soy bueno. –¡Abra su cajuela, por favor, pero de prisa!, –demandan ellos. –Meten como pueden la bicicleta en el portaequipaje...Arrojan varios bultos sobre los asientos, el pasajero más joven ocupa el espacio trasero.

–¡Ahora vámonos, pero de volada, al Velódromo Olímpico!...

Ruge el poderoso motor de ocho cilindros en cuanto José Antonio hunde el pie en el acelerador. –Tenemos que estar allí antes de la una... ¿Llegaremos?, –pregunta el joven. Mira José Antonio su reloj.