HISTORIAS OLÍMPICAS

SORAYA JIMENEZ MENDIVIL

Sydney, 18 de septiembre de 2000.
Juegos de la vigesimoséptima Olimpiada.
Auditorio pleno de escándalo y algarabía.
Tiene destinatario el par de besos que anteceden a cada levantamiento de Soraya Jiménez: Tomás Mendívil, el querido abuelo, recientemente muerto…

De espaldas a la barra, Soraya contiene el aliento. Piensa en él, en el abuelo. En sus humildes manos de labriego, en sus consejos.
Resopla ante auditorio casi lleno.
Callan ahora las que toda la noche ruidosas voces fueron.
Se juega todo en un solo movimiento: será por la medalla de oro.
No piensa en esto.
Nunca antes una mujer mexicana ha tenido la posibilidad de escalar la parte más alta del podio; han pasado 32 años desde que la esgrimista Pilar Roldán ganó plata. Han pasado las épocas en que las pesistas competían contra los hombres. Hoy, la halterofilia femenil es también deporte olímpico.
Y ella, una de sus mejores exponentes.

Ha tenido la coreana Hui Ri Song un error que la despoja del escaño que da más alegría en el podio. Siempre adelante, falla, en su segundo intento, en la modalidad de envión, cuando va por los 127.5 kilogramos.
Esta coreana de 53 kilogramos de peso, parece un pequeño montacargas. Nada la hace titubear. Los músculos se ensSoraya Jiménez Mendivilanchan. Y es también la favorita: en Osaka impuso el récord mundial con 131.5 kilogramos, aunque apenas llegue a los 53.90, lo que la convierte en la más liviana de las 17 competidoras.
Y es tal su confianza, o el error de sus entrenadores, que en el segundo levantamiento del envión, que cometen el mayúsculo error de la prueba: no logran acordar cuántos kilos más colocar en la barra.
–¡125! –grita uno de ellos, en el vestidor, sin darse cuenta de que los dos minutos de preparación para el levantamiento se terminan.
–¡No, que sean 122.5! –contradice otro de sus asistentes y pide a los jueces la modificación. No calculan. Se confunden. Y Ri Song Hui utiliza sus 30 últimos segundos. Se acerca a la pesa, quedan doce. Encadena los dedos… Ocho, siete, seis, cinco segundos…
Sus entrenadores discuten en voz baja.
Se va el tiempo.
Se va la segunda oportunidad…
Soraya, quien acaba de levantar 122.5 y se ha colocado a menos de dos kilogramos de Ri Song Hui, tiene entonces más franca posibilidad de ser la ganadora. Los números finales de la asiática: 97.5, 122.5, total: 220.0
Atrás ha quedado la tailandesa Khassaraporn Suta. 92.5, 117.5, total: 210.0.

Quedan atrás aplausos, porras, y los levantamientos que durante más de dos horas ha tenido que enfrentar.
Soraya trastabilló en un par de ellos, pero nunca titubeó. Acomodaba la barra, daba un paso al frente, terminaba en diagonal, pero en cada ocasión esperaba hasta el sonido de los jueces y estallaba la euforia, la sensación de bienestar.
–Jamás me di cuenta de lo que estaba sucediendo. Me dicen que la coreana perdió en su segundo intento la oportunidad de levantar el peso porque se pasó de tiempo, pero allá adentro nada supe. Era parte de la estrategia de mi entrenador; “tú dedícate a tu competencia”.
Y a competir se dedica Soraya.
Allá va… El envión es perfecto. La mancuerna –127,5 kilos– ya está a la altura de los muslos, con las piernas flexionadas. La pausa es de tres segundos. Se concentra Soraya, busca el equilibrio exacto. Porque sigue el momento de la verdad: el arranque. Y de repente inhala poderosamente. Se tensan los brazos… y las manos son un par de garras sobre el tubo.
Ya. Es un solo movimiento. Vertiginoso, pero parece transcurrir una eternidad. Va hacia arriba el peso, hacia lo más alto del pequeño cuerpo. Uno, dos, tres, cuatro, cinco… Ya se vencen los 10 segundos de rigor. Ya se libera Soraya del peso. Ya festeja. Porque ya ha hecho historia: ya es campeona olímpica.
Hasta lo alto de su pequeño cuerpo eleva Soraya Jiménez un peso total de 222.5 kilogramos…
Y entonces el júbilo se vuelve un alarido…
Se impone a la coreana Hui Ri Song y a la tailandesa Kasharaporn Suta, y se convierte en la primera mexicana que conquista una medalla de oro olímpica.
Todo, en el Centro de Convenciones de Sydney, en Darling Harbour, se vuelve tricolor. Se agitan las banderas, se escuchan las porras interminables. Una tras otra…
Suenan ahora las que por un momento calladas voces fueron.
El momento es histórico: por primera vez en la larga vida de los Juegos Olímpicos el levantamiento de pesas ha sido abierto a las mujeres, y ha querido el destino que la primera campeona en la categoría de los 58 kilos sea una mexicana.

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